Una tarde de domingo, después de pasar un día en familia, volvíamos con mi hermana y mi cuñado en el auto. Teníamos algo de 40 minutos de viaje. Mi cabeza, como siempre, no dejaba de pensar. Los pensamientos iban y venían. Tenia conversaciones, imaginaba problemas que nunca iba a tener, un sinfín de palabras que pasaban a toda velocidad sin que las pudiera controlar. Pasados veinte minutos me di cuenta que no teníamos puesta la radio ni estábamos conversando como solíamos hacer siempre. Fue extraño. No estaba acostumbrado al silencio. Después de unos minutos me amigue con la situación. No recuerdo haber estado veinte minutos en silencio, sin estímulos externos, antes de esa situación. Cuando me hice presente mis pensamientos se apagaron. Las conversaciones se callaron. Y algo adentro mío se transformó. En ese entonces no le pude poner nombre a lo que me estaba pasando. El tiempo me fue enseñando la importancia de hacer silencio un rato al día o al menos a la semana.

Vivimos en un mundo ruidoso. Algunos externos y otros internos. La televisión, el celular, el trabajo/estudio nos distraen de nosotros mismos. El que dirán, el deber ser y las etiquetas son bocinas que no dejan de sonar adentro nuestro. A la vocecita en nuestra cabeza le fascina opinar y boicotearnos. Se la conoce por distintos nombres, a mi me gusta llamarla ego. El ego nos machaca la cabeza con pensamientos (generalmente negativos y autodestructivos). Va a tratar de evitar que hagamos silencio sin importar el costo. Si tiene que pegarnos mas duro, para que suframos en vez de darnos espacio a que hagamos silencio, lo va a hacer. La buena noticia es que depende de nosotros decirle “gracias por todo” y calmarnos un rato. Cuanto más fácil es navegar en aguas tranquilas que en mares turbulentos. Se ve todo mas claro. Nos deja concentrarnos en lo importante y no únicamente de lo urgente. Nos convertimos en seres perceptivos que no piensan más allá del ahora.

Cuando hay silencio exterior hay calma interior. Con calma interior se puede escuchar al corazón que es el que más sabe lo que somos y amamos. Hay una canción que dice “Me esta gritando el corazón”. Si el corazón tiene que levantar la voz, es porque afuera hay mucho ruido. Una decisión muy sabia que podes tomar es la de hacerte de un rato para practicar el silencio. Si no lo hiciste nunca, el silencio absoluto puede que te asuste un poco. Algo de música instrumental te puede ayudar. El ejercicio que te propongo es muy sencillo. Sentarte en un lugar cómodo o acostarte si así lo preferís, poner música instrumental tranquila (te dejo este enlace de música celta que me gusta mucho), cerrar los ojos y hacerte consciente de la respiración. Cuando aparezcan pensamientos, simplemente dejarlo ir. Desconcentrarse en esta práctica es común, asique no te presiones. Cada vez que tu cabeza se pierda en alguna historia, volve a tu respiración. Mantene esta dinámica por algunos minutos (10/15 minutos es un buen tiempo para empezar). Este ejercicio se llama meditación. Es la mejor herramienta para hacer silencio interior y apagar la vocecita de tu cabeza.

Para terminar, te quiero recomendar un fragmento del libro “El silencio habla” de Eckhart Tolle (Escritor y maestro espiritual canadiense). En la que explica de una manera muy concreta la importancia y los efectos de estar en calma. Hacer silencio no es tan fácil como suena, pero si no empezas a ejercitar ese musculo cuanto antes, mas vas a tardar en escuchar a tu corazón. Que al final de todo es nuestra versión más auténtica.